La energía solar impulsa la agricultura y la restauración de tierras
La IRENA resalta cómo los sistemas solares en el campo pueden impulsar una transición resiliente, combinando producción de energía limpia con prácticas agrícolas sostenibles y recuperación de suelos degradados.
La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) pone el foco en el rol creciente de la energía solar dentro de la agricultura y los esfuerzos de restauración de tierras degradadas. Según el organismo, integrar paneles solares en predios agrícolas no solo genera electricidad limpia, sino que abre la puerta a sistemas más resilientes frente al cambio climático.
Esta aproximación, conocida como agrivoltaica, permite que la misma superficie sirva para producir alimentos y energía al mismo tiempo. Los paneles, elevados sobre los cultivos, pueden ofrecer sombra parcial que reduce el estrés hídrico en plantas sensibles al calor extremo, algo cada vez más frecuente en varias regiones del país y del mundo.
En contextos de restauración, la energía solar facilita la implementación de bombas de riego, sistemas de monitoreo y otras tecnologías que aceleran la recuperación de suelos erosionados o salinizados. De esta manera, se combinan objetivos ambientales: mitigar emisiones y regenerar ecosistemas productivos.
La transición hacia estos modelos híbridos puede mejorar la rentabilidad de los productores al generar un ingreso adicional por la venta de electricidad. Al mismo tiempo, contribuye a la seguridad alimentaria y energética, dos pilares que se ven cada vez más interconectados ante la crisis climática.
En Argentina, donde vastas extensiones de tierra enfrentan desafíos de sequía y degradación, este tipo de enfoques podría alinearse con políticas de conservación y adaptación. Aunque los datos específicos sobre adopción local aún son limitados, la experiencia internacional sugiere que los sistemas solares bien diseñados no compiten con la agricultura, sino que la complementan.
Expertos destacan que el verdadero valor está en el “por qué importa”: estos proyectos demuestran que la descarbonización no tiene por qué sacrificar la producción de alimentos ni la salud de los suelos. Por el contrario, puede reforzar ambas.
A medida que los costos de la tecnología solar continúan bajando, más productores podrían incorporar estos sistemas, especialmente en zonas con alta radiación solar como el norte y el centro del país. La clave estará en adaptar los diseños a las necesidades locales de cultivos y biodiversidad.
La visión de IRENA invita a pensar la energía solar no solo como una alternativa a los combustibles fósiles, sino como una herramienta activa para restaurar y fortalecer los sistemas agrícolas que sustentan nuestra alimentación y nuestros paisajes.